¿De qué Tribu eres?

Dentro del amplio y colorido universo de la comunidad LGTB+, han surgido a lo largo de las décadas una serie de subgrupos conocidos popularmente como tribus. Estas tribus no son más que formas de identificarse y agruparse a partir de elementos como el cuerpo, la estética, la edad, la expresión de género, la afinidad sexual o incluso los gustos culturales. En esencia, son una forma de crear comunidad dentro de la comunidad, construyendo espacios seguros, de visibilidad y pertenencia para quienes, incluso dentro del colectivo, pueden sentirse al margen.
El origen de estas tribus está ligado a la necesidad de resistir la homogeneidad impuesta desde fuera y, también, a romper con los cánones normativos del “gay estándar” o de los modelos dominantes. Desde los osos, que reivindicaron la corporalidad peluda y madura, hasta los twinks, con su estética juvenil, o las drag queens, que rompieron las barreras entre género y arte, cada tribu representa una respuesta única ante los mandatos sociales y culturales.
Más allá del estereotipo o la etiqueta, estas tribus cumplen funciones emocionales, políticas y culturales: permiten encontrar referentes, tejer lazos, celebrar lo diferente, y resignificar lo que antes era motivo de vergüenza o discriminación. Algunas tribus nacen desde el deseo, otras desde el activismo, y muchas desde el puro juego identitario.
Pero ojo: no se trata de dividir, sino de sumar. La existencia de tribus no excluye la diversidad individual, sino que la amplifica. Son reflejo de lo múltiple, lo mutante y lo libre que es ser LGTB+ hoy.
En este número de Revista BLUE nos sumergimos en algunas de las tribus más emblemáticas, no para encasillar, sino para celebrar lo que nos une desde nuestras diferencias.
Osos, Cachorros y Nutrias:
orgullo peludo y diversidad corporal
Dentro del universo LGTB+, especialmente en la comunidad gay, existen tribus que celebran la diversidad corporal, la masculinidad alternativa y el vello sin complejos. Tres de las más conocidas y queridas son los Osos, los Cachorros y las Nutrias.
Los Osos (Bears) son hombres corpulentos, generalmente con barba y vello corporal, que reivindican una masculinidad fuerte y acogedora a la vez. Nacidos como una reacción al canon del gay musculado e imberbe, los Osos crearon sus propios espacios -bares, fiestas, festivales- donde lo peludo, lo maduro y lo robusto es motivo de orgullo.
Los Cachorros (Cubs) son la versión más joven o delgada de los Osos. Suelen ser admiradores del mundo bear o aspirar a formar parte de él, y muchos comparten una estética afable, juguetona y afectiva.
Por su parte, las Nutrias (Otters) son hombres delgados pero con vello corporal, una especie de punto intermedio entre el Twink y el Oso. Más discretos, pero igual de orgullosos, representan otro modelo de belleza queer que se aleja del gimnasio y los filtros.
Estas tribus no solo hablan de estética, sino de pertenencia, aceptación y visibilidad. En sus abrazos peludos, muchos han encontrado hogar.
Twinks y Twunks:
juventud, cuerpos y etiquetas con historia
Dentro del extenso mapa de las tribus gay, pocas categorías han sido tan visibles y, a la vez, tan discutidas como la de los Twinks. El término hace referencia, desde hace décadas, a chicos jóvenes, generalmente entre los 18 y los 25 años, delgados, sin vello corporal, con rasgos suaves o aniñados, y una estética asociada a la juventud eterna. Durante años, el “twink” fue hegemónico en la pornografía, la publicidad dirigida al público gay, y en aplicaciones de citas. Su imagen se convirtió en sinónimo de deseo… pero también de exclusión.
De forma más reciente, aparece el concepto de Twunk: una mezcla entre “twink” y “chico musculado” (lo que en inglés se conoce como hunk). El twunk mantiene la frescura juvenil del twink, pero con una musculatura más desarrollada, generalmente adquirida a base de gimnasio. Es el “twink que se pone fuerte”, y con ello se adapta a otro ideal físico dentro del deseo masculino: más viril, más potente, pero aún dentro del canon estético dominante.
Ambas etiquetas, aunque superficiales en apariencia, también pueden leerse como códigos de identidad dentro del ecosistema gay. Marcan afinidades, preferencias, y ofrecen referentes con los que identificarse o desde los que diferenciarse. Pero también pueden generar presión, exclusión o competitividad en torno al cuerpo, la edad y la belleza.
Hoy, nuevas generaciones resignifican estos términos con más libertad, ironía y diversidad. El twink ya no tiene por qué ser blanco, imberbe o andrógino. El twunk puede tener curvas, tatuajes o pluma. Las etiquetas se diluyen, se mezclan, se juegan. Y eso también forma parte de lo queer.
Porque, al final, las tribus no son jaulas, sino puntos de encuentro. Y cada cuerpo, sea cual sea, merece su lugar en la pista de baile.

Jocks, Gym Bunnies y Musculocas:
culto al cuerpo y diversidad queer con bíceps
Dentro del universo de las tribus LGTB+, hay una categoría que gira en torno a los cuerpos esculpidos, el gimnasio como templo y la imagen como forma de expresión (y deseo): hablamos de los Jocks, las Gym Bunnies… y, por supuesto, las Musculocas.
Los Jocks nacen como una traslación del arquetipo estadounidense del chico deportista: musculado, varonil, competitivo. Su estética recuerda al jugador de fútbol americano o rugby: camisetas ajustadas, pantalones deportivos, gorras, actitud de “macho alfa”. Dentro del mundo gay, el jock representa esa masculinidad hegemónica, con un punto sexualizado, pero muchas veces inaccesible o distante.
Por otro lado, las Gym Bunnies comparten el culto al cuerpo, pero desde un ángulo más estético que deportivo. Su centro de gravedad es el gimnasio, las rutinas de entrenamiento, la alimentación estricta… y los selfies en el espejo del vestuario. Su imagen está milimétricamente cuidada: bronceado, ropa de marca, definición muscular. No buscan parecer atletas, sino esculturas vivientes.
Y luego están ellas: las Musculocas. Tan fuertes como los jocks, tan obsesas del gimnasio como las gym bunnies, pero con un ingrediente que lo cambia todo: la pluma. Las musculocas no esconden su feminidad ni se disculpan por sus pestañas postizas. Pueden llevar un arnés de cuero y tacones de plataforma, hablar de Britney mientras cargan 120 kilos en sentadilla y soltar un “¡maricón!” con orgullo. Son excesivas, brillantes, ruidosas… y absolutamente necesarias.
Estas tres tribus pueden parecer superficiales, pero en realidad abren el debate sobre el cuerpo gay: lo que se desea, lo que se imita, lo que se critica. ¿Dónde termina la expresión y empieza la presión?
Hoy, muchas personas dentro de estas tribus reclaman espacio para la diversidad corporal y de género, desmontando estereotipos desde dentro, con bíceps… y con glitter. Porque en el fondo, lo que une a estas tribus no es solo el músculo, sino la actitud.
Daddies y Silver Foxes:
madurez deseada, poder y atractivo sin fecha de caducidad
En una cultura LGTB+ históricamente marcada por el culto a la juventud, la figura del Daddy ha emergido como una respuesta y una reivindicación. Lejos de ser solo un fetiche, el Daddy representa a ese hombre maduro, seguro de sí mismo, con experiencia, autoridad y carisma. Su atractivo no reside solo en lo físico, sino en la actitud: ese aire protector, dominante o seductor que muchos asocian con el poder, la estabilidad y -por qué no- cierta picardía.
Pero no todos los Daddies son iguales. Algunos son fornidos y masculinos, otros sofisticados y elegantes. Dentro de esta tribu surge una categoría más concreta: los Silver Foxes, esos hombres de cabello canoso (natural o no), que combinan la madurez con un estilo pulido, atractivo, sobrio y cuidado. Son como una versión más refinada del Daddy, donde la edad no es un hándicap, sino un valor añadido.
Ambos arquetipos rompen con el estereotipo de que solo los jóvenes son deseables. Y, más allá del deseo, funcionan también como figuras simbólicas: mentores, referentes, amantes… o simplemente hombres que se sienten cómodos en su piel y lo proyectan.
En las redes, en la pornografía y hasta en las marcas de moda, la figura del Daddy/Silver Fox se ha normalizado, ganando visibilidad y desafiando el edadismo en el colectivo.
Y si bien hay quienes se acercan a esta estética por moda o rol sexual, también hay un fondo de empoderamiento real: el deseo no tiene fecha de caducidad, la madurez es sexy, y hay quienes encuentran irresistible esa mezcla de autoridad, experiencia y seguridad que algunos llaman -medio en broma- “fascinación por papás ajenos”.

Leather y Pups:
cuero, juego y comunidad más allá del fetiche
Entre las tribus más icónicas, provocadoras y cohesionadas del universo LGTB+, destacan sin duda los Leather y los Pups. Aunque distintas en su estética, ambas comparten raíces comunes: la cultura del BDSM, el erotismo alternativo y la creación de redes afectivas y sociales donde el deseo no encaja en moldes normativos.
La tribu Leather nace en los años 50, sobre todo en EE. UU., como una reacción queer frente al modelo gay domesticado. Inspirados en la estética motera, los leather men construyeron una identidad poderosa a través del cuero: chaquetas, pantalones, botas, arneses… Todo ello envuelto en un aura de masculinidad desafiante, códigos sexuales claros y, al mismo tiempo, una ética muy marcada: respeto, consentimiento, comunidad.
Con los años, la estética Leather ha evolucionado y diversificado, y no es raro ver mujeres, personas no binarias o miembros más jóvenes adoptando este estilo con orgullo.
Por otro lado, los Pups -o puppy players– representan una generación más reciente dentro del mundo kink. Su imagen es lúdica, a veces tierna, otras descaradamente juguetona: máscaras de perro, rodilleras, colas simbólicas, colores vivos. Pero más allá del disfraz, el puppy play es un espacio donde se explora la sumisión, la ternura y la pertenencia, en un entorno que a menudo combina erotismo, afecto y complicidad.
Ambas tribus desmontan prejuicios. No se trata solo de sexo, sino de identidad, de libertad expresiva y de crear vínculos desde otros códigos. En fiestas, marchas del Orgullo y redes sociales, Leather y Pups conviven, se cruzan y se celebran. Porque dentro del colectivo, también hay quienes hacen del cuero y el juego su forma de amar, pertenecer y resistir.

Tribus dentro de la comunidad lésbica y no binaria:
Ser, vestir, sentir: la estética como acto político en lo lésbico y no binario
Dentro del colectivo LGTBIQ+, la diversidad no solo se expresa en términos de orientación o identidad de género, sino también en estilos, culturas y formas de habitar el cuerpo. En el caso de las personas lesbianas y no binarias, existen múltiples “tribus” o subculturas que reivindican estéticas, actitudes y formas de relacionarse distintas, muchas de ellas con una fuerte carga política, emocional o simbólica. ¿Las conoces?
Las butch son quizá una de las identidades más reconocibles dentro del universo lésbico. Suelen tener una expresión de género masculina, con pelo corto, actitud protectora y una estética directa que rompe con los roles femeninos tradicionales. Aunque históricamente se ha asociado este término a mujeres lesbianas, hoy muchas personas no binarias o transmasculinas lo resignifican desde sus propios cuerpos.
En el otro extremo, las femme expresan su identidad a través de una feminidad fuerte y visible. Maquillaje, falda, tacones o delicadeza no implican sumisión, sino una forma de subversión en un mundo que ha enseñado que lo femenino es débil.
También están quienes se mueven en el punto medio: las soft butch, stem (combinación de stud y femme) o andróginas, que mezclan características de ambos extremos o juegan con la ambigüedad estética, mostrando que no todo es blanco o negro.
El término stud, muy presente en comunidades afrodescendientes y latinas, define a lesbianas con estética masculina muy marcada. Similar, pero con matices culturales propios, es el concepto boi, más habitual entre jóvenes queer o personas no binarias que rechazan las etiquetas fijas.
Y luego están las personas genderqueer, trans no binarias, drag kings o drag creatures, que utilizan el cuerpo, la estética o el performance como herramientas de expresión política y artística, rompiendo con los binarismos de género desde la creatividad y la irreverencia.
No faltan tampoco las tribus más vinculadas a estilos de vida: desde las nerd lésbicas, que comparten afinidades por el mundo geek o el cosplay, hasta las baby dykes, jóvenes que están comenzando a explorar su identidad y buscan referentes en su comunidad.
Este mosaico de identidades no pretende encasillar, sino todo lo contrario: mostrar que dentro de la disidencia también hay matices, formas de estar, de amar y de mostrarse que merecen ser celebradas. Porque en la diversidad, está nuestra fuerza.

Tribus Transversales o Inclusivas del colectivo LGTB+:
Identidades que unen, más allá de las etiquetas
En el diverso universo LGTB+, existen tribus o subculturas que no se definen únicamente por la orientación sexual o la identidad de género. Son comunidades de afinidad, expresión o lucha que agrupan a personas distintas, pero unidas por sensibilidades, estéticas o ideales comunes. Son las llamadas tribus transversales o inclusivas, espacios donde caben muchas letras del colectivo… y más allá.
Una de las más amplias es la identidad queer, que desafía las etiquetas tradicionales y celebra la fluidez. En ese paraguas caben quienes no se sienten cómodos con las categorías clásicas, y quienes hacen de su existencia una forma de resistencia.
También encontramos a lxs artivistas, creadores que entrelazan arte y activismo: ilustradorxs, performers, fotógrafxs, poetas… que expresan su disidencia y su deseo en clave estética y política. Su creatividad es tan diversa como sus identidades.
El mundo drag, históricamente vinculado a hombres gays, hoy se ha expandido para incluir a personas trans, mujeres cis, no binaries y más. Drag queens, kings y seres híbridos transforman el género en espectáculo, crítica y juego.
En la escena ballroom y el voguing, nacidas en las comunidades racializadas queer de EE. UU., se mezclan orgullo, resistencia, familia y expresión corporal. Son espacios seguros donde la transversalidad es norma y no excepción.
La comunidad leather y del BDSM, con su estética fetichista y su culto al consentimiento, ha sabido incluir a lesbianas, personas trans y no binarias, generando códigos comunes más allá de lo sexual.
Otras tribus emergentes son lxs eco-sexuales, que erotizan la relación con la naturaleza; lxs kinksters, que exploran el placer sin normatividad; lxs ravers queer, que encuentran libertad en la música electrónica; y lxs cibergénero, cuya identidad florece en lo digital.
Por último, destacan lxs activistas interseccionales, que conectan la lucha LGTB+ con feminismos, antirracismo, anticapacitismo o anticolonialismo. Son la conciencia crítica de un colectivo cada vez más plural.
Estas tribus no borran las diferencias. Las abrazan. Y nos recuerdan que ser parte del arcoíris no es solo una identidad, sino una forma de estar en el mundo: libre, diversa, y colectiva.