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Una autocrítica homosexual

Queridas amigas, durante años, al tiempo que los homosexuales íbamos ganando en visibilidad y derechos, no eran pocas las agoreras que pronosticaban los peores escenarios futuros. Algunos vaticinaban el fin de la familia, otros se atrevían a anunciar el fin de la civilización e incluso el colapso del universo, tías.

Ilusas del Opus, ingenuas señoras de derechas. Que equivocadas estabais, nenas. Mientras aterrorizabais a viejitas con el fin del mundo se os pasó el mayor peligro que podía suponer la proliferación de mariquitas en el prime time de telecinco, amigas, y no me refiero a “sálvame”, que también, sino al exterminio del hombre heterosexual según lo conocemos.

Nos dieron derechos y nosotras, tías, fagocitamos al arquetípico macho ibérico. Lo masticamos y lo escupimos después en forma del “ecce homo” que es hoy, una sombra de lo que un día fue. Una puta mamarracha.

maniquies

Ceja depilada, cara anaranjada.

Vas por la calle y te das de bruces con homínidos cuyas cejas son una fina línea de pelo, en el peor de los casos dos gaviotas sobrevolando una mirada ausente. Los miras y no sabes si darles una hostia o sacar un “retulador” y pintarles lo que les falta. Los desgraciados tienen menos expresión que la Preysler viendo una película sueca sin subtítulos.

Y esa cara anaranjada… que parecen “chetos” los hijos de la gran puta. Que alguien les diga que dejen de usar el puto autobronceador, que parecen teleñecos tras una sesión de quimioterapia, joder. Si les cortaras las piernas podrían pasar por mascota de un inédito mundial de fútbol.

Tetas desproporcionadas, patas exiguas.

En su intento de emular al hombre homosexual podrían haber optado por desarrollar el talento literario de André Gide o el genio matemático de Alan Turing; pero en vez de meterse en una biblioteca, se metieron en un gimnasio. ¿Para qué perder el tiempo leyendo un libro pudiendo levantar pesas repetidamente delante de un espejo? Venimos del mono amigas, algunos literalmente.

Así pues, el homo neoheterosexual comenzó a desarrollar pechotes que no hay “balconette” que pueda contener, que les pones un push up y sacan leche.

Y al tiempo que sus tetas crecían, sus piernas menguaban. Sus brazos, ahora muslos, hacían que sus extremidades inferiores parecieran alambres soportando una catedral, amigas. Cruasanes sobre horquillas a golpe de repeticiones e inyecciones de clembuterol.

Cambiaron el tinto de verano por el “redbullvodka”, el bocata de panceta por el arroz con polla y la hombría por la hormona… Si tías, el fin está próximo.

Escotes vertiginosos, gangrena genital.

Y si el despropósito físico no fuera suficiente, llegó el Apocalipsis textil, amigas, en forma de camisetas de escotes vertiginosos que dejarían entrever su vello púbico, si no se lo hubieran podado ya. De pequeños soñábamos con espadas láser y hemos terminado con podadoras láser. El futuro ya no es el que era, tías.

Y en este frenesí absurdo de travestirse de mamarracha, decidieron calzarse pantalones tan prietos que no dejan nada a la imaginación. Nunca ganarán un premio Telva; pero de la gangrena genital no les salva ni la madre que los parió.

Daños colaterales, vacas sin cencerro.

Sin embargo, semejante despropósito no ha terminado sin consecuencias para la mariquita común. Ahora vamos por ahí desnortados, como vacas sin cencerro, con el GPS sin actualizar y en koreano, buscando un chulo con el que realizar coreografías sicalípticas sobre un colchón LoMonaco, vamos, echar un polvo de los de toda la vida. Y es más probable que terminemos recibiendo una hostia, que un achuchón.

Y es que ahora todas parecen maricas, una ya no sabe donde mirar. Los desarrolladores de Apps lo vieron venir y nos echaron una mano con el Grindr; pero las desviadas somos tan poco sinceras en estas plataformas del polvo fácil, que es habitual quedar con Brad Pitt y terminar follándote a Carmen de Mairena. Yo ya me la he follado tres veces.

La conspiración homosexual ha terminado volviéndose contra nosotras cual boomerang, boomerang, viva la numeración que un día creímos que cantaba El Puma, canción que nos daría para una revista entera por otra parte, tías.

Nosotras las convertimos en mamarrachas de tupé cardado y encefalograma plano, y ellas nos han convertido en zombies babosos de cadera dislocada y mirada perdida caminando con los brazos extendidos en busca de ese “xanadu” donde los heteros son heteros, los maricas, maricas y Mariló premio Nobel de química, amigas.

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